lunes, 20 de diciembre de 2010

El teatro que me gusta.

A los autores clásicos ya se les reconoce su valía. Un reconocimiento muchas veces incrementado por su adscripción a una escuela dramática concreta y de reconocido prestigio. Por eso querría escribir un breve reconocimiento a algunos autores que, aún siendo españoles y todavía jóvenes, han conseguido hacerse un hueco entre ellos y han logrado que aficionados como yo utilicemos nuestro tiempo trabajando y disfrutando con este género literario. Asistir a la representación de una obra escénicamente tan sencilla como El lector por horas de Sanchis Sinisterra tiene para el espectador una consecuencia que es la esencia de este género literario: la consciencia de que somos receptores individuales y, por tanto privilegiados, de un acto creativo único e irrepetible. Nadie me podrá sustraer el placer que sentí reconstruyendo la relación de dominio que se intuía entre los tres protagonistas o intentando recrear el significado simbólico de los fragmentos narrativos leídos por el protagonista-lector. El autor, Sanchis Sinisterra, seguramente se quedaría impresionado, desbordado -intuyo que, por no esperado-, al escuchar la multiplicidad de interpretaciones que su obra pudo generar; no creo que haya mejor recompensa para una obra dramática que la reinterpretación individualizada y, por tanto, ilimitada.

Fuente foto 1


Ya el mismo autor, con una simplicidad muy trabajada, nos había hecho reflexionar sobre aspectos inherentes al teatro -desdoblamiento actor-personaje; espacios ausentes o el sentido de la cuarta pared- con su obra Pervertimento... Y no querría olvidar una obra cuya lectura -en este caso, no su representación- proporciona una visión de la colonización española de América que entraría en el campo del lenguaje del corazón :de pasión a pasión; su Trilogía americana. Su última obra, Próspero sueña Julieta (o viceversa), recientemente estrenada en Almagro y publicada en Espiral/Teatro, recrea una situación onírica: la amante Julieta y el mago Próspero -personaje de La Tempestad- aparecen en un espacio desolado característico de Beckett.



Fuente foto 3


Pero si Sanchis Sinisterra , por su figura de maestro y guía de la nueva generación de dramaturgos, merece encabezar esta reflexión, hay otro autor que me merece especial reconocimiento, Juan Mayorga. Algunas obras suyas -caso de Hamelin en la versión del grupo Animalario- tienen un ritmo dramático que consigue incrementar el desasosiego y la reflexión que el propio argumento ya merecía; otras - caso de Cartas de amor a Stalin- son un modelo de la lucha del ser humano por sobrevivir bajo una dictadura ideológica; y la mayoría -Himmelweg o La paz perpetua- son profundas reflexiones sobre temas que obsesionan al hombre actual. Todas son obras escritas con un talento sobresaliante, a las que quizás y salvo alguna excepción -el montaje de Animalario para Hamelin o el de para Cartas de Amor a Stalin dirigido por Helena Pimenta- les falta una puesta en escena sobresaliente, acorde con el texto.


Fuente foto 2



En los últimos años, hay obras que me han fascinado por su desarrollo argumental, por la forma en la que los personajes van emergiendo y, sobre todo. por el ritmo de la puesta en escena. Una es el caso de Urtain de Juan Cavestany, llevada a escena por el grupo Animalario. Atractivo espectáculo sobre el encumbramiento y destrucción del boxeador. Otras han sido las que configuran la famosa Trilogía de la juventud de Jose Ramón Fernández; utilizando la palabra y el gesto han recreado la forma de pensar, los deseos, los miedos de difentes generaciones en la historia contemporánea española. Y no puedo olvidar el descubrimiento de un teatro capaz de romper, por innecesarias, las barreras entre la vida y la muerte, para mostrar con un lenguaje poético propio, la verdadera realidad de la existencia: luz-oscuridad; presencias-ausencias; esperanzas-fracasos...son dualidades inseparables. Me refiero al teatro de La Zaranda.




Ha sido la literatura dramática la que me ha permitido captar la atención de mis alumnos y despertar en ellos el gusto por la literatura en general y por la comunicación oral en particular. Obras como Auto de Ernesto Caballero, Los niños perdidos de Laila Ripoll o la popular La mirada del hombre oscuro de Ignacio del Moral, se han convertido en fundamentales en mi labor profesional.

1 comentario:

alicia dijo...

Me ha resultado una delicia leer este "artículo", con el me he encontrado casualmente rastreando la red. A veces necesitamos leer cosas como ésta para volver a convercernos -después de salir de ver algún esperpento dramático- de que el teatro merece la pena, de que a pesar de la decepción que suponen algunas obras ( igual que en cualquiera de las otras artes), la inmediated y el sentimiento de estar ante una creación única puede ser maravilloso. Ánimo y espero que opiniones así despierten el interés por el teatro. Y si ésto se traslada al ámbibo educativo, la pequeña pretensión podrá poco a poco convertirse en algo mucho màs grande.